15 julio, 2026

OCEAN DC

 

Ya había pasado algún tiempo desde aquel volantazo que giro mí auto 180 grados para cambiarlo todo.

Había pasado esos primeros momentos de mareo y vértigo y estaba poco a poco empezando a caminar. Al principio caminaba lejos, me proponía ampliar los límites para fortalecerme, pero un tiempo después preferí quedarme más cerca de los míos, de mis comodidades y de mis seguridades, recorrer largas distancias no era una buena idea, yo necesitaba tener a los míos más cerca. Eso me haría sentir mejor.

Por aquellos tiempos, ya bastante entero después del volantazo, le encontré el gusto al ajedrez, y aquel contrincante que tuvo revancha más de una vez, no lograba seguirme, le faltaba experiencia, le faltaba algo fundamental que yo tenía y él no. Eso lo hacía salir del juego.

Y después, después hubo varias otros contrincantes algunos más amistosos que otros. Pero no era lo mío. Varios amigos, me invitaban a retomar aquella actividad fascinante que era salir a pescar. Preparar la antesala ya tenía toda una diversión y adrenalina que me dió por aceptar.

Una vez había salido yo a pescar, con mí caña fuerte y mí caja de herramientas. Solitario paseo que disfrutaba con entusiasmo. Al principio me gustaba caminar alrededor de la laguna, que aunque seca y algo turbia, me despejaba. Merodear por sus orillas y observar, cada tanto, alguna silueta de lo que quizá, podía ser mí suerte.  Pasaba el tiempo, con el potencial de convertirlo en aventura.

Había ya dado muchas vueltas y había logrado algunas victorias, demasiado fáciles a veces, demasiado pobres otras. Tanto es así que en ocasiones decidía pasar de aquel plan por un tiempo. Desmotivado sin querer volver a aquellas andanzas.

Pero pasado un tiempo, la curiosidad y el optimismo me animaban una vez más, y reincidía.

Una vez, me pareció ver algo interesante. Un pez de piel color rojizo metalizado con cierto destello dorado desfiló bajo un agua cristalina que jamás había admirado. Y entonces todos mis sentidos se despertaron. Y me vi en seguida con los pantalones arremangados hasta la rodilla y mí camisa mojada queriendo contarle en ese instante que está vez era distinto. Y así, me quedé por un largo tiempo, alimentando y acercándome a ese brillo poco a poco, pero sin dudarlo. Y lo tuve en mis manos y era hermoso, era suave, y sabía bien, pero de pronto hizo un moviendo inesperado y me espanté, se movió quitándose años de agua, soportando sus defectos que ahora se veían de cerca. No me gustó. No quise decirle, no quise pretender cambiarle nada de su ser ni de su larga vida antes de la mía, tampoco quise yo aceptar esa diferencia tan repugnante. ¡Un efecto ominoso dentro de ese brillo que se opacaba poco a poco, era suave, lucia bien, pero que tosquedad empañaba todo!

Era mejor soltarlo, dejarlo ir, y así irme yo también una vez más. Para volver a volver con entusiasmo, la ropa seca y mí camisa prolija a observar que poca agua tiene la laguna cada vez. Y por si acaso volviera a pasar, quizá volviera a acercarme solo por ese brillo que encandiló, pero sabiendo que volvería a soltarlo una y otra vez, para que se pierda en la libertad de sus aguas así como es. Solitario pez como yo. Rarezas que se encuentran y se despiden con la misma intensidad.  

ACTRIZ

 

Yo quería ser actriz

Y también me gustaba ese compañero de la facultad que me miraba distinto

Tuve miedo

De ir contra la corriente  

Dudé

como dudo ahora

Decidí seguir un camino que elegí

Me maraville con las luces de buenos aires, con los edificios y los pasajes

Deliré nobleza, fui reina

Me casé sin casamiento, pero tuve un ajuar, un budín de limón con un té inglés y un camisón de seda blanco en una caja, sobre mi cama nueva, en mi pieza de techos altos y ventanas antiguas con olor a pintura fresca.

Te amé profundamente. Me maravillaba escucharte, mirarte. Escuchar tu música, apreciar tu arte.

Soñé que eras papá y yo mamá.  Lo desee con toda mi alma. Los dos lo deseamos. Dos veces lo deseamos. Elegimos sus nombres. Peleamos por los nombres. No entendías mis vacilaciones. 

Nos desvelamos en noches de llantos, dimos vueltas en el auto de madrugada para poder dormir, aunque sea unas horas.

Nos mudamos a otra casa más grande cuando fuimos cuatro.

Solo dos años fuimos cuatro.

Ya pasaron 12 años desde que somos tres. Soy ellos y también soy yo. A veces te veo en sus ojos, en sus gestos, en su caminar. Y me da alegría.

A donde van las palabras que no pude decirte y a donde quedan.

Podre decírtelas algún día, podre volver a encontrar en tu mirada benevolencia y perdón, podrás mirarme y hablarme sin castigo, sin odio.

Aprendí a vivir con todo eso adentro mío. Me convenciste de que no sería posible una primavera, que viviríamos en el invierno desde que nos separamos. Que seriamos células independientes.

Lo que quedo de nosotros solo está en ellos. Fue difícil aceptarlo. Tan difícil que me enfermé de impotencia.  Me enfermé y me curé.

Volví a amar. Tuve miedo y me fui.

Me sentí libre. Viajé.

Me hice una casa para los tres. Es la casa donde ahora vivo y de la que a ves me quiero ir.

Volví a amar y me amaron. Se sintió tan reparador como llegar a casa. Me divertí, fui feliz. Y también llore por no poder volver a entregarme del todo, por las heridas que todavía queman.

Me hice nuevas amigas, que son mi familia. Ahora cuando me rio se me ven los dientes. Tengo una amiga que me habla la vida con canciones. No me imagino mi vida sin ellas.

Sueño que me voy a vivir a otra parte del mundo.

Hago teatro. Ahora soy actriz. Escribo. Leo. Salgo, conozco gente nueva, me río y muestro los dientes.

Me acostumbré a dormir sola y a no tenerle miedo al silencio.

Mi casa intenta desmoronarse y yo me empeño en impedirlo.

Trabajo, hago lo que ya aprendí a hacer.

Estudio química de tercero. Cocino, hago mandados.

Planeo un viaje.

Lavo ropa y ordeno la casa, la arreglo. Espero al plomero que no viene. La canilla sigue perdiendo.

Interpreto personajes que lloran mis heridas, que drenan el dolor de lo que no entiendo.

Hago té y compro chocolates para las noches de frio. Pongo paños fríos para bajar la fiebre.

Soy asistente de dirección de una obra de teatro, ensayo. Soy feliz.

Me olvide que se siente estar en pareja. Se me nubla el recuerdo del amor. Me preocupa que no me preocupe.

Estoy en calma. Soy el invierno de este julio con siestas largas. Puse linda mi cama con respaldo y sabanas nuevas. Es ahí donde quiero estar.

Ahí y en el escenario, ese que me permite por momentos irme de mi, de los paños fríos para bajar la fiebre, de la gotera, de los mandados, de tu indiferencia y del olvido

 

21 diciembre, 2025

PISTAS

Para llegar a mi,

podria dar algunas pistas,

de como llegue a ser ésta, que soy ahora.

Podria decirte que observes esos patines, de cuatro ruedas, que agregaban a mi altura los centimetros necesarios para alcanzar el sifon de la mesada.

Que sientas el sabor de las ciruelas amarillas, caídas del arbol, en el fondo de mi casa 

y el de los higos robados de mi vecina.

Que escuches en el eco de mi garage transformado en aula, la maestra en que me convertia, pasando lista y retando alumnos traviesos.

Que mires mi casa de la infancia en la noche, con todos sus terrores, su larga y angosta escalera, y la puerta vaivén que chilla aunque nadie pase. 

Te diria que no dejes de ver en mi alegria las risas de mis amigas y en mi llanto sus tristezas.

Qiue me habitan las contradicciones y que me hace mas liviana quien pueda aceptarlas.

Para llegar a mi,

podria darte algunas pistas,

aunque no estoy muy segura, 

si podria ser tan clara,

si realmente llegarias. 

No se decirles como hacerlo

y engtrego a la contingencia 

el comando de encontrarme,

la responsabilidad de ser en su eniga,

la unica que sabe.  


Los Olores

 

Son capaces de hacernos viajar en el tiempo, a otro lugar del mundo, de hacernos recordar, despertar al apetito dormido o la pasión, ponernos felices o tristes. Pueden también alertarnos sobre algún tipo de peligro, sin dudas el olor a quemado puede activar nuestro instinto de supervivencia.
    Podría decirse que hay una memoria de olores, una carpeta de archivos de olores en nuestro RAM de memoria. También que hay una ética y una estética del olor. Hay olores buenos y hoy olores malos, unos lindos y otros feos.

Pueden, los olores, asumir colores, el perfume del jazmín es blanco, y el de la torta color chocolate. Pueden convertiste rápidamente en nuestra mente en aquel objeto fuente y origen del mismo. Pueden también ser dueños de lugares, son Made in, "hechos en". Aun puedo sentir el olor a España de cada visita que hacía a casa de mi hermana. Pueden ser propios de una persona y saber que se la tiene en frente aunque no se la esté viendo. 

Los olores sobrevuelan momentos, capturan instantes en el momento en que se los sienten, los sellan impregnando las emociones que, sin tiempo, quedan cristalizadas en ese aroma, como la savia del árbol que dejo atrapado al mosquito con su estómago lleno de sangre bebida de un dinosaurio. Un gen de dinosaurio adentro de un mosquito.

Ese es el poder del olor del café con tostadas a la mañana. El olor del jazmín de diciembre del jardín de mí abuela, los nardos del octubre de mi primer ecografía obstétrica, el olor de la carpa recién armada, del pasto después de la lluvia, del guiso de mi mamá un domingo de invierno, del pan recién horneado, de la casa de vacaciones recién llegados, el olor a humedad, sal y viento costero, el olor de los lápices y los libros recién comprados para el inicio de clases.

Los olores son mucho más que uno de los cinco sentidos. Solo hay que estar atentos para dejarlos entrar y usar de ellos todos sus mágicos superpoderes.

08 junio, 2022

FELIZ CUMPLE

 


"Feliz cumple",

se dice habitual y tan livianamente.

Como si el  feliz, fuese algo así tan fácil,

y que va de suyo.

Sin embargo las fechas importantes de nuestra vida,

en algunos momentos,

se vuelven, cada vez, instancias de referencia.

Donde uno inevitablemente recuerda,

compara,

supone.

Y duela pérdidas,

 de lo que fue,

de lo que ya no es,

y de lo que queda.

 

Hay

 Hay cosas que no te salieron como las soñaste

Hay cosa que la vida deja ir en vida.

Hay renuncias que nunca dejan de doler

Y aceptaciones que nunca llegan a convencer.

Hay lugares de donde me fui, sin querer irme

Y destinos inesperados de los que no me quise ir


Imposible

 

Quiero reír y que la carcajada me desborde la boca,

Caminar y no imaginar tu paso a mi lado,

Ni tu mano agarrando la mía,

Quiero ver el sol brillar y sentir que todo puede cambiar

Quisiera recortar el tiempo como se corta un trozo de tela

Y cocer allá y acá uniendo ese agujero

Este vacío que siento desde que no estás conmigo

Poder aceptarlo calmaría esta pena que siento

Pero aceptar tu cobardía me es irremediablemente 

Imposible.



Al Amor

 

Creo que no he sido capaz de amar,

que no aguanté el amor.

No me resigné al amor precario,

Al amor a cuenta gotas,

Al amor no correspondido,

Al amor destratado,

Al amor mudo,

Al amor egoísta.

Creo que extraño al amor

Y sé, que con el tiempo, me aburrirá el amor,

El amor de los domingos,

El amor de la rutina,

El amor adivinado,

El amor solitario,

El amor envejecido.

En este preciso instante,

no encuentro al amor,

no entiendo al amor,

No tengo un amor,

No me acuerdo del amor,

No me desvela el amor.

Y sin embargo

Anhelo el amor.

Cocido tu recuerdo

 

Odio que mi mejor ropa tenga cocido tu recuerdo,

que te hagas presente frente a semejante ausencia.

Es que acaso no entiende el corazón lo que tan claro puede la razón?

Terca, hurgo en mis recuerdos y en mis fotos y te recreo y te reinvento en mis sueños.

Te pienso en cada canción y estás conmigo en cada película que veo,

En cada beso que me inspira un suspiro.

Cuanto tiempo va a permanecer, tatuada en mi soledad, tu imagen?.

Es el recuerdo del amor, de haber amado, con tanta ilusión.

Daria vuelta los años

para decirme al oído

que mañana ya es hoy

y que acá estás 

durmiendo en mis recuerdos, en mis notas, y en mi soledad.

La Carta

 

Abrió el sobre y tomó la carta con paciencia. Las rodillas se movían inquietas sacudiendo en ese instante los meses que hacía que la esperaba. Le temblaban las manos, ese papel que ahora tenía frente a sí, guardaba silenciosamente su suerte. Disfrutaba el solo hecho de haberla recibido, ignorando aún sus noticias. Se quedó quieto, sosteniendo la hoja, que aún no era más que signos dispersos habían sacudido a su cuerpo entero. Le latía fuerte el corazón, le temblaban las manos y sudaba.  El pelo le hacía una cosquilla incómoda en la frente, los pies buscaban no perder el apoyo.

No podía soportar la idea de una nueva desilusión. Se aferraba a todas sus noches de insomnio proclamando su inocencia, convencido que su absoluta entrega bastaba para ser correspondido. La apretó entre sus manos y la recordó, cerró los ojos y creyó oír su voz, le pareció sentir su perfume y sus silencios. Entonces pensó que quizá era mejor no leerla. Atesorar así la duda y seguir latiendo su fantasía. Dar el paso significaba estar dispuesto a morir. A perderlo todo, a resignarse. Y no estaba seguro de poder enterrarla. De saltar a otra vida sin la suya. Se resistía a la idea del rechazo, por más vida y lluvias que hubieran pasado desde aquella última vez en que se despidieron, jurando que sería hasta pronto. Y era ahora. Estaban, entre sus dedos transpirados, lo que sería su destino, los próximos días y las próximas noches, sin saber hasta cuándo.

Entonces imaginó que no la leería. Y ser el dueño de su destino, de su solitaria verdad. Podría, cobardemente, seguir soñando su sueño.

Prendió un cigarrillo con el  encendedor, que peleo la llama, entre la piedra y el agua de la piel sudada. Lo fumó con la intensidad de un  suspiro hacia adentro. Exhaló el humo conteniendo una parte en sus pulmones tapados. Se sentó en el sillón verde. La brasa del cigarrillo nervioso cayó sobre la hoja. Todo se volvió negro, todo se transformó en ceniza, y de pronto sus manos ya no sostenían más que el vacío, trozos de palabras no leídas, silenciadas. Se respiraba en el aire quemado, desconcierto.

Y su suerte que ahora era la de siempre, la misma de aquel instante previo en que pensó que podía morir, se instalaba con la certeza de estar vivo. Y se alegró por ello. Se quedó delante del televisor negro con su corazón encendido, latiendo y con la mirada perdida contemplando el vacío.

Todavía

Todavia sos jóven, me dicen.

Hasta que edad, se es jóven, me pregunto.

Y el todavía le agrega una esperanza a esta longeva soledad.

Hay una edad para ser jóven?

Que se supone que pasa en los confines de la NO juventud

Sucede antes o despues de perder la juvenud?

Se pierde?

Y cuantas cosas mas se van y ya no vuelven?


Calma

Como si los años hubieran llegado de golpe, trayendo la calma y la estabilidad de quien disfruta los días sin saber cuantos quedan. 

Reina la templanza y la calidez de la pausa. 

Se detuvo el tiempo en el presente, sin proponermelo, sin esfuerzos, simplemente se instaló. 

Y me abrazo a cada día, a cada instante del día, mientras hago lo mismo de siempre.

Y voy andando, entregada plenamente a lo cotidiano.

Alegremente se asoman, por la ventanilla del auto, detenido en el semáforo, 

esas violetas de los alpes que me recuerdan que se acerca el invierno. 

Que hermosas son. Nunca me duraron más que una semana. 

Y las dejo ir atrás mientras avanzo.  

Que lindo andar tiene mi auto, pienso, cuánto más liviano se vá y se viene. 

Y bajo el volumen de la radio, para contarles, que conozco muy bien esa canción y que esperen que después les cuento que la quiero escuchar, 

y la canto con la música por encima de mi voz. 

Y esta noche cociné entraña a la plancha y les di de probar un trozo de mi infancia.

El recuerdo de mi abuelo y su parrilla, con la complicidad de la sal, 

que bien sabe, resaltar el sabor. 

Así, bien caliente y desde la plancha, salpicada de sal, 

el tenedor sostuvo el bocado que puse en su boca, 

igual que mi abuelo lo hacía conmigo.

Igual que mi abuela y sus ñoquis.

Igual que las violetas de los alpes. 

Una repetición infinita a través del tiempo

y cada vez es único y original. 

Hilo rojo


Todo se iluminó de rojo, hasta el hilo imperceptible que nos une.

Ese mismo que por momentos se vuelve invisible o desaparece, se esconde. 

En las escalinatas del estadio, tu presencia y la mía se tensaban, 

se volvía perceptible el hilo que nos une más allá del tiempo, 

 burlándose de los años, detenido en  el pasado, desafiando al presente. 

Podía verte en el minúsculo espacio que quedaba libre entre la gente.

 Entre el ángulo del brazo y la cintura de quien nos separaba por un escalón. 

Me hablé a mi misma todo el tiempo, intentando imponer la certeza absurda de que no te importo. 

Que ya soy un mal recuerdo, un lugar al que no queres volver. 

Y peleaban dentro mío lo que te supongo y de lo que, terca, quisiera convencerte. 

 Insistía en frases autodirigidas  "no quiere, no te quiere, ya se fue, sos pasado".

Y sonaba en el escenario tu voz recitandome palabras de amor.  

Quizá te acuerdes  de nuestros recuerdos, pero no quieras acordarte 

y seguro entonces, estaras pensando en que bien suenan los acordes, los arreglos.

 Todo teñido de rojo. 

Rojo sangre, rojo de amor, rojo divino, rojo que se hizo blanco y silencio,

 que se trasformo en bullicio de la muchedumbre dejando el estadio. 

Yéndose a casa, volviendo al refugio. 

Blanco invisible que desvanecio el hilo tan pronto y tan eterno como tu indiferencia ambigua.

 Blanco y Frío.


Te vas.


Me voy. 

10 julio, 2021

Sinpies

 Me hielan los pies

Y no hace frío 

De adentro viene y cala en los huesos

Nada puede devolvelverles ya su calor

Ni escarpines recién tejidos 

Ni esos primeros zapatos

Ni esos pasos de independencia

Ni otros pies

Ni los tuyos que fueron míos

Que ya caminan 

Los dos por la vida 

Mis pies, ahogados en los tobillos

Están unidos a mí cuerpo 

Solo el dolor lo confirma

Duele el frío 

Duele la distancia del olvido

Lo equivocado de mis pasos 

Las soltarias noches 

El desapego 

Duele la estrchez de mis tobillos 

Duele el cuerpo 

Cuando se hace cuerpo.


13 marzo, 2021

Mal trago

 A medida que me acerco la noche entra por las puertas y se mete adentro, por las ventanillas, por el vidrio delantero, el silencio nos invade. Todo es negro como la oscuridad de afuera, falta poco para llegar, y no queda otra más que aceptar el sabor amargo, tragarlo de una vez y que pase. Pero como si fuera veneno me resisto, aunque sostengo firme el volante, manteniendo las 4 ruedas en la misma dirección, obligada sin opción. Debo llegar. Y siento sus corazones latiendo igual al mio, cada vez más lento. Se van apagando los tres, los tres tragamos, y miramos hacia delante nuestra propia guillotina, sin poder hacer nada, aunque no dejamos de pensar opciones. Las decimos ilusionados pero en el fondo todos sabemos que fracasarán. Que ninguna de todas esas ideas nos salvarán del castigo al que ignoramos porque estamos sometidos. De esa penitencia en que se ha convertido nuestra rutina. Sabemos que nuestras voces quedarán silenciadas, que no hay chances de engañar al destino. Pero siempre lo intentamos. Siempre tragamos y nos vamos enfermando por dentro. Cabizbajos caminamos y la guillotina nos está mirando. Nos están viendo todos esos ojos que perdieron ya su mirada, que dejaron de ver. Los vemos. Y sentimos complicidad. Nos vemos. Y sentimos pena por el verdugo que está implacablemente listo. 

Paris

 Tomé el avión con miedo, incertidumbre y alegría. Ese viaje era el premio de tantos años de estudio y una reafiramación de esfuerzo de quienes habían estado ahí para que yo lo lograra. Era una continuidad de amor, de aliento, de esperanza, de deseos de que siga creciendo, ahora experimentando el mundo. Del mundo que se me había revelado indiferente. Dormido tantos años, postergado atrás de programas y fechas de exámenes. De la maratón de estudios y finales. 

Mi ser había cambiado para siempre. Y aunque mí identidad era la misma, ahora además de ser mí nombre era médica. Ese boleto de avion, era un pasaje a otra etapa, a otra vida. A mí regreso me esperaba mi primer trabajo como profesional, mi primer departamento marital sin casamiento. Me esperaban mis deseos de ser madre y de vivir todo eso. 

Para ese viaje prepare mí valija y puse dentro de ella lo que necesitaba para más de un mes de travesía. Inocente sin saber el impacto carge también un bálsamo de biferdil para mí pelo joven, largo y lacio. No supe hasta después, que con el podía viajar a Francia cada noche en la ducha. Porque uno ignora que el presente se convierte en pasado sin que nos demos cuenta. Llegué al departamento de Elisa, en Montrouye, en el primer anillo que circula París. Me sentí agenda, extraña y alucinada. El cansancio tiñó todo ese tour en auto en luces y avenidas maravillosas. Y aunque el francés no era lo mío, ni tampoco lo es ahora, no necesitaba entender con la palabra. Todos mis sentidos captaban muy bien ese lugar que se me abría. De un mundo que despertaba, de una ciudad llena de gente nativa y otros muchos extranjeros que no había leído en los libros de clínica. Que no había imaginado en esas noches a contrareloj antes de rendir un examen. Tan lejos de ahí. Ahora estaba en esa otra dimensión. Captando todo. Y el departamento de Elisa era hermoso y moderno. Tenía todo el confort que se puede imaginar. El baño era estéticamente muy lindo, estaba tan agradecida de ser huésped de semajante atención. Y el bálsamo biferdil se acomodo en el estante del baño de Elisa casi como un objeto más, cotidiano, pero extranjero, traido de argentina. Y lo usé los días que duro mí estadía en casa de Elisa. 

No supe hasta después, hasta mucho tiempo después, cuando se me dio por volver a comprarlo, el poder que concentraba. Fue en una visita a farmacity a compar pañales, con el cochecito y el bebé ajustado entre sus cinturones de seguridad. El bolso colgado del Barral, permitía que mis dos manos condujeran nuestro paseo a farmacity en plena city porteña. Compré cosas necesarias para los tres cortos meses de vida de mi bebé y también para mi pelo reseco y abandonado de una madre de 90 días. Balsamo Biferdil. Lo vi en la góndola. Y me lleve un pasaje a París sin saberlo. 

Desde entonces cada vez que lo encuentro lo llevo a mí baño, apago la luz y siento ese miedo, esa incertidumbre, esa alegria de antes del avión. cierro los ojos y estoy en el baño de Elisa, en París, en esa ciudad que me enamoró, llena de libertad y pan francés. Lo deslizo al bálsamo sobre las puntas de mi pelo ya no tan joven, ni tan largo y estoy en casa de Elisa, preparandonos para salir a la nuit Blanch, a la noche parisina joven, llena de esplendor.

Infancia

 Todavía recuerdo tan fresco mis pies descalzos, tersos, sin cayos, sobre las baldosas de ese pedacito de mi vereda. Digo "Mi vereda" y me detengo a pensar en ese sentimiento inocente e impune de propiedad que nos invadía, nos creíamos dueños del barrio. Sobre todo a la hora de la siesta. Después del almuerzo, los adultos dejaban desoladas las tardes de enero y el barrio se poblaba de pequeñas células de niños en cada casa, en cada pedacito de ese corredor peatonal tan cerca de la calle, éramos los dueños de esas horas y de ese espacio dormido.

Cuanto me gustaba el jumper de jean con pollera acampanada que había cocido mi mamá para mi hermana y para mí. Un diseño distinto a cada una pero que sin duda dejaba ver nuestro vínculo sanguíneo. Mi vecina Valeria tenía el original de quien habíamos sacado el molde. Vivía en frente de mi casa, desfasada por unos pocos 20 metros. Ella fue testigo y cómplice de aquellos años. Después me fue imposible no asociar que en cada etapa de mi vida hubo una Valeria a mi lado. De ella recibí mi primer regalo el día del amigo. El primer regalo que ella compro con sus propios ahorros, y que eligió especialmente para mí. Era un sacapuntas con forma de patineta, que aún conservo y me despierta tantos recuerdos con solo mirar sus partes, ya estropeadas por el paso del tiempo.

Con ella supimos crecer unos cuantos años juntas, se nos iban despertando intereses, deseos, explorando libertades, afrontando miedos, pudores, cambios. Solíamos pasar la tarde sentadas en ese escalón de entrada a mi casa. Éramos tan chicas como para caber allí las dos juntas, una al lado de la otra. Y éramos lo suficientemente niñas como para permitirnos librar la fantasía y la creatividad en casi todo lo que hacíamos. 

Una de las cosas que más recuerdo, y que lo debemos haber hecho por un largo tiempo, es juntar monedas para comprar caramelos en el kiosco "de la vuelta". Como el dueño del negocio era mayor también dormía la siesta pero como tenía un comercio sabíamos que a las 16 abría. Solo había que esperar y mientras tanto juntar todas las monedas posibles. A veces contábamos con el vuelto del pan comprado al mediodía y sino sabíamos buscarlas en sus típicos escondites. Los bolsillos de las carteras de las madres, sobre todo en las que ya no usan, en las tazas que funcionan de portalápices, en el primer cajón de la cocina, y en cada lugar que juntara muchas cosas de esas cosas que se acumulan pero no sirven demasiado y nadie sabe porque no se tiran. Simplemente se juntan todas juntas. Pilas, gomita de pizza, un alicate, una fibra que no anda, un lápiz sin puntas, una llave que nadie sabe de dónde es, un billete que ya no corre, un Clip, una cajita de fósforos vacía, un peine chiquito, y al fondo una moneda. Y de esa búsqueda resultaba nuestra conquista. Una bolsa llena de palitos de la selva. Esos caramelos rosas y blancos. De envoltorio pedagógico. Nos pasábamos la tarde leyendo detenidamente el animal que le tocaba a cada una. Recuerdo el camaleón. Y pensaba cuánta relación tenía con el propio caramelo también de dos colores. Y lo giraba como imitando el efecto mutante del color del animal. Ese rosa y ese blanco tan parecidos al patalin, el helado de la Montevideana de frutilla a la crema y americana. El rosa un poco más intenso del chicle Jirafa. El azul de los confites sugus, el blanco ananá casi transparente como un diamante áspero de la gotita de amor, el corazoncito chiquito de las pastillitas Dorins, o las yapas. Recuerdo la primera vez que escuche el helado de "crema del cielo" y lo vi tan azul pitufo, y recuerdo el sabor extraño como de un bobaloo explosivo con relleno gelatinoso derretido. Las mielcitas de la puerta del colegio, rojas como jarabe, secuenciadas entre sí como una tira de chorizos, esas hacían preocupar a todas las madres. El naranju también despertaba la misma cara en mi mamá entre enojada y preocupada por el estado de conservación e higiene de mis primeras inversiones capitalistas. De cuando mis actos de independencia era elegir en qué gastar esos pocos billetes que me daban para el recreo del colegio. 

Y volver luego al escalón, por la tarde, con la puerta de mi casa a mis espaldas, como respaldándome, delimitando el exterior del interior conocido. Y afuera todo ese mundo para explorar, saborear, descubrir. Gotitas de infancia que quedaron marcadas para siempre, con todos mis sentidos. Si alguno de ellos, por alguna razón, se despierta, puede transportarme a esos años, a ese escalón, aunque mis pies ya tengan cayos, aunque la puerta ya este adentro mío, aunque ahora Valeria y yo llevan el nombre de nuestros hijos.


02 agosto, 2019

En silencio

Me gusta fumar a escondidas, aunque no tenga de quien hacerlo. 
Robar un pedazito de mantecol de la heladera en silencio para que nadie me escuche, aunque no haya nadie para encontrarme.
Espiar el cuarto vacío para asegurarme que las cortinas no dejaran pasar el sol al amanecer, aunque no haya quién se despierte por ello.
Abrazar mi costado vacío de la cama aunque mi mano solo encuentre el mismo almohadón que encaja cada segundo en ese mismo rincón.
Preparar el cafe para mañana así los ruidos no despiertan a mi reloj que seguirá sonando unos minutos más hasta despertar de ese sueño en el que no estoy sola.
Y apagar la luz aunque no venga el sueño para que la casa descanse de tanta luz de verano.
Y al fin cierro los ojos, y apago la realidad poco a poco, hasta que sin advertirlo entro en ese mundo incierto e imprevisible de los sueños, dispuesta a recrear en ellos algún lugar de añoranza.

Soy mujer.

Soy mujer si. Y también fui niña y juegué a las mandys. Imaginé castillos hermosos con principe azul y todo. Tengo una hermana que es mi amiga fiel desde que recuerdo. Fui adolescente y me pregunté el porqué de casi todo lo que implica la vida y la muerte, el amor, el dinero y los mandatos. Mi juventud fue una revolución interna. Peleé conmigo misma. Elegí. Estudié y encontré una vocacion que hoy junto a mis hijos me hace ser una mujer agradecida y luchadora.
Tengo una madre que la peleó por darnos todo, tengo una prima que siempre me enseña, que es mi confidente y mi lugar de refugio, tengo una amiga que ha de haber sido mi hermana en otra vida, es mi norte y mi guia, me orienta y me alivia siempre dispuesta, amigas que dicen las palabras justas. Tengo una jefa que es mujer y que también es madre. Tengo una madre postiza de quien aprendi y aprendo mucho. Tengo una amiga que siempre esta al teléfono. Tengo amigas que me ponen el hombro y me llenan el espíritu. Soy todas ellas. 
Llevo conmigo una parte de cada una de las mujeres de mi vida.  

29 julio, 2019

No hay mal que por bien no venga

Amo manejar en ruta. Mas aún si tu destino son unos días de playa con tus hijos. Pero esta vez un fuerte y progresivo dolor de cabeza no me dejaba disfrutarlo, el dolor se extendía en un adormecimiento extraño, que venía desde adentro y me obligaba a  luchar con mi respiración para mantenerme al volante, atenta. Al llegar al fin, me detuve a conseguir un analgesico y a lo que siguió un sueño de dos horas que me permitió volver en mi. Yo? Siesta? Si yo no duermo!.
 La tarde transcurrió acomodando y asentandonos en lo que sería nuestro hogar por unos pocos días, con suspicacia y no muy a gusto con el lugar desplegaba mi potencial de transformarlo en un sitio donde poder pasar lindos momentos de juegos, dados y mates. Al llegar la hora de ir a la cama y después de las lecturas de libritos y piyamas, comenzé a sentir un olor extraño, olor a quemado. Seguí mi olfato con miedo pero obligada por el instinto de averiguar de que se trataba. Me asomé a la escalera con intención de bajar hacia la cocina, pero al solo asomarme vi una nube de humo gris enrarecido y el olor de plastico quemado aumentaba. Le avisé a mi mamá, que casi entraba en sueño, y ella, siempre valiente bajó sin dudar los escalones salteando más de uno, atras la seguía yo, como secundando esos pasos para abrir otros y encontar en la urgencia acciones correctas. El celular, los bomberos, número 100, las llaves del auto, los nenes, el perro, mi cartera y después de unas cuantas maniobras salió el auto por ese pasillo estrecho. Intentaba mantener la calma pero había empezado el fuego y mientras pedía la ayuda de los bomberos era conciente que mis hijos me escuchaban y no podía controlar el pánico de que sucediera lo peor. Quería salir a salvo. Abrí ese portón, que tanto me costó al entrar, en menos de medio segundo, con la fuerza de quién sabe de donde proviene. Casi con una sola mano y mi cuerpo entero lo deslizé y salí con el auto. Adentro los 5. A salvo. Llegaron dos dotaciones de bomberos y resolvieron el asunto. No así a mi estómago ni a mi sueño, ni a mi tranquilidad, ni a mi busqueda de calma. Ahora espero unas horas de sueño agradeciendo que nada grave ocurrió. Que estamos todos bien y que no habrá mal que por bien no venga !