Son capaces de hacernos viajar en el tiempo, a
otro lugar del mundo, de hacernos recordar, despertar al apetito dormido o la
pasión, ponernos felices o tristes. Pueden también alertarnos sobre algún tipo
de peligro, sin dudas el olor a quemado puede activar nuestro instinto de
supervivencia.
Podría decirse que hay una memoria de olores,
una carpeta de archivos de olores en nuestro RAM de memoria. También que hay
una ética y una estética del olor. Hay olores buenos y hoy olores malos, unos
lindos y otros feos.
Pueden, los olores, asumir colores, el perfume del jazmín es blanco, y el de la torta color chocolate. Pueden convertiste rápidamente en nuestra mente en aquel objeto fuente y origen del mismo. Pueden también ser dueños de lugares, son Made in, "hechos en". Aun puedo sentir el olor a España de cada visita que hacía a casa de mi hermana. Pueden ser propios de una persona y saber que se la tiene en frente aunque no se la esté viendo.
Los olores sobrevuelan momentos, capturan instantes en el momento en que se los sienten, los sellan impregnando las emociones que, sin tiempo, quedan cristalizadas en ese aroma, como la savia del árbol que dejo atrapado al mosquito con su estómago lleno de sangre bebida de un dinosaurio. Un gen de dinosaurio adentro de un mosquito.
Ese es el poder del olor del café con tostadas
a la mañana. El olor del jazmín de diciembre del jardín de mí abuela, los
nardos del octubre de mi primer ecografía obstétrica, el olor de la carpa
recién armada, del pasto después de la lluvia, del guiso de mi mamá un domingo
de invierno, del pan recién horneado, de la casa de vacaciones recién llegados,
el olor a humedad, sal y viento costero, el olor de los lápices y los libros
recién comprados para el inicio de clases.
Los olores son mucho más que uno de los cinco
sentidos. Solo hay que estar atentos para dejarlos entrar y usar de ellos todos
sus mágicos superpoderes.
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