La tarde transcurrió acomodando y asentandonos en lo que sería nuestro hogar por unos pocos días, con suspicacia y no muy a gusto con el lugar desplegaba mi potencial de transformarlo en un sitio donde poder pasar lindos momentos de juegos, dados y mates. Al llegar la hora de ir a la cama y después de las lecturas de libritos y piyamas, comenzé a sentir un olor extraño, olor a quemado. Seguí mi olfato con miedo pero obligada por el instinto de averiguar de que se trataba. Me asomé a la escalera con intención de bajar hacia la cocina, pero al solo asomarme vi una nube de humo gris enrarecido y el olor de plastico quemado aumentaba. Le avisé a mi mamá, que casi entraba en sueño, y ella, siempre valiente bajó sin dudar los escalones salteando más de uno, atras la seguía yo, como secundando esos pasos para abrir otros y encontar en la urgencia acciones correctas. El celular, los bomberos, número 100, las llaves del auto, los nenes, el perro, mi cartera y después de unas cuantas maniobras salió el auto por ese pasillo estrecho. Intentaba mantener la calma pero había empezado el fuego y mientras pedía la ayuda de los bomberos era conciente que mis hijos me escuchaban y no podía controlar el pánico de que sucediera lo peor. Quería salir a salvo. Abrí ese portón, que tanto me costó al entrar, en menos de medio segundo, con la fuerza de quién sabe de donde proviene. Casi con una sola mano y mi cuerpo entero lo deslizé y salí con el auto. Adentro los 5. A salvo. Llegaron dos dotaciones de bomberos y resolvieron el asunto. No así a mi estómago ni a mi sueño, ni a mi tranquilidad, ni a mi busqueda de calma. Ahora espero unas horas de sueño agradeciendo que nada grave ocurrió. Que estamos todos bien y que no habrá mal que por bien no venga !
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