15 julio, 2026

OCEAN DC

 

Ya había pasado algún tiempo desde aquel volantazo que giro mí auto 180 grados para cambiarlo todo.

Había pasado esos primeros momentos de mareo y vértigo y estaba poco a poco empezando a caminar. Al principio caminaba lejos, me proponía ampliar los límites para fortalecerme, pero un tiempo después preferí quedarme más cerca de los míos, de mis comodidades y de mis seguridades, recorrer largas distancias no era una buena idea, yo necesitaba tener a los míos más cerca. Eso me haría sentir mejor.

Por aquellos tiempos, ya bastante entero después del volantazo, le encontré el gusto al ajedrez, y aquel contrincante que tuvo revancha más de una vez, no lograba seguirme, le faltaba experiencia, le faltaba algo fundamental que yo tenía y él no. Eso lo hacía salir del juego.

Y después, después hubo varias otros contrincantes algunos más amistosos que otros. Pero no era lo mío. Varios amigos, me invitaban a retomar aquella actividad fascinante que era salir a pescar. Preparar la antesala ya tenía toda una diversión y adrenalina que me dió por aceptar.

Una vez había salido yo a pescar, con mí caña fuerte y mí caja de herramientas. Solitario paseo que disfrutaba con entusiasmo. Al principio me gustaba caminar alrededor de la laguna, que aunque seca y algo turbia, me despejaba. Merodear por sus orillas y observar, cada tanto, alguna silueta de lo que quizá, podía ser mí suerte.  Pasaba el tiempo, con el potencial de convertirlo en aventura.

Había ya dado muchas vueltas y había logrado algunas victorias, demasiado fáciles a veces, demasiado pobres otras. Tanto es así que en ocasiones decidía pasar de aquel plan por un tiempo. Desmotivado sin querer volver a aquellas andanzas.

Pero pasado un tiempo, la curiosidad y el optimismo me animaban una vez más, y reincidía.

Una vez, me pareció ver algo interesante. Un pez de piel color rojizo metalizado con cierto destello dorado desfiló bajo un agua cristalina que jamás había admirado. Y entonces todos mis sentidos se despertaron. Y me vi en seguida con los pantalones arremangados hasta la rodilla y mí camisa mojada queriendo contarle en ese instante que está vez era distinto. Y así, me quedé por un largo tiempo, alimentando y acercándome a ese brillo poco a poco, pero sin dudarlo. Y lo tuve en mis manos y era hermoso, era suave, y sabía bien, pero de pronto hizo un moviendo inesperado y me espanté, se movió quitándose años de agua, soportando sus defectos que ahora se veían de cerca. No me gustó. No quise decirle, no quise pretender cambiarle nada de su ser ni de su larga vida antes de la mía, tampoco quise yo aceptar esa diferencia tan repugnante. ¡Un efecto ominoso dentro de ese brillo que se opacaba poco a poco, era suave, lucia bien, pero que tosquedad empañaba todo!

Era mejor soltarlo, dejarlo ir, y así irme yo también una vez más. Para volver a volver con entusiasmo, la ropa seca y mí camisa prolija a observar que poca agua tiene la laguna cada vez. Y por si acaso volviera a pasar, quizá volviera a acercarme solo por ese brillo que encandiló, pero sabiendo que volvería a soltarlo una y otra vez, para que se pierda en la libertad de sus aguas así como es. Solitario pez como yo. Rarezas que se encuentran y se despiden con la misma intensidad.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario