Ya había pasado algún tiempo desde aquel volantazo que giro
mí auto 180 grados para cambiarlo todo.
Había pasado esos primeros momentos de mareo y vértigo y
estaba poco a poco empezando a caminar. Al principio caminaba lejos, me
proponía ampliar los límites para fortalecerme, pero un tiempo después preferí
quedarme más cerca de los míos, de mis comodidades y de mis seguridades,
recorrer largas distancias no era una buena idea, yo necesitaba tener a los
míos más cerca. Eso me haría sentir mejor.
Por aquellos tiempos, ya bastante entero después del
volantazo, le encontré el gusto al ajedrez, y aquel contrincante que tuvo
revancha más de una vez, no lograba seguirme, le faltaba experiencia, le
faltaba algo fundamental que yo tenía y él no. Eso lo hacía salir del juego.
Y después, después hubo varias otros contrincantes algunos
más amistosos que otros. Pero no era lo mío. Varios amigos, me invitaban a
retomar aquella actividad fascinante que era salir a pescar. Preparar la
antesala ya tenía toda una diversión y adrenalina que me dió por aceptar.
Una vez había salido yo a pescar, con mí caña fuerte y mí
caja de herramientas. Solitario paseo que disfrutaba con entusiasmo. Al
principio me gustaba caminar alrededor de la laguna, que aunque seca y algo
turbia, me despejaba. Merodear por sus orillas y observar, cada tanto, alguna
silueta de lo que quizá, podía ser mí suerte. Pasaba el tiempo, con el potencial de
convertirlo en aventura.
Había ya dado muchas vueltas y había logrado algunas
victorias, demasiado fáciles a veces, demasiado pobres otras. Tanto es así que
en ocasiones decidía pasar de aquel plan por un tiempo. Desmotivado sin querer
volver a aquellas andanzas.
Pero pasado un tiempo, la curiosidad y el optimismo me
animaban una vez más, y reincidía.
Una vez, me pareció ver algo interesante. Un pez de piel
color rojizo metalizado con cierto destello dorado desfiló bajo un agua
cristalina que jamás había admirado. Y entonces todos mis sentidos se
despertaron. Y me vi en seguida con los pantalones arremangados hasta la
rodilla y mí camisa mojada queriendo contarle en ese instante que está vez era
distinto. Y así, me quedé por un largo tiempo, alimentando y acercándome a ese
brillo poco a poco, pero sin dudarlo. Y lo tuve en mis manos y era hermoso, era
suave, y sabía bien, pero de pronto hizo un moviendo inesperado y me espanté,
se movió quitándose años de agua, soportando sus defectos que ahora se veían de
cerca. No me gustó. No quise decirle, no quise pretender cambiarle nada de su
ser ni de su larga vida antes de la mía, tampoco quise yo aceptar esa
diferencia tan repugnante. ¡Un efecto ominoso dentro de ese brillo que se
opacaba poco a poco, era suave, lucia bien, pero que tosquedad empañaba todo!
Era mejor soltarlo, dejarlo ir, y así irme yo también una vez
más. Para volver a volver con entusiasmo, la ropa seca y mí camisa prolija a
observar que poca agua tiene la laguna cada vez. Y por si acaso volviera a
pasar, quizá volviera a acercarme solo por ese brillo que encandiló, pero
sabiendo que volvería a soltarlo una y otra vez, para que se pierda en la
libertad de sus aguas así como es. Solitario pez como yo. Rarezas que se
encuentran y se despiden con la misma intensidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario